Homilía de la Eucaristía de apertura — Encuentro Nacional de la Renovación Carismática Católica
Rionegro, 27 de junio de 2026
Textos: Lamentaciones 2,2.10-14.18-19 / Salmo 73 / Mateo 8,5-17
Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Bienvenidos a este encuentro anual Nacional de la Renovación Carismática Católica. Les damos la bienvenida en nuestra Diócesis de Sonsón-Rionegro y les agradecemos que nos den el honor de haber elegido a Rionegro como sede de su encuentro.
Han elegido como tema: “Vivir las grandezas de la oración carismática”, basados en el texto de San Pablo: “Oren en todo tiempo en el Espíritu” (Ef. 6,8).
Quieren que este encuentro se viva en ambiente de “oración, predicación, adoración y fraternidad”, para vivir y profundizar las bases fundamentales de lo que significa la “Renovación Carismática Católica”, que sabemos se ha definido como “Una corriente de gracia para toda la Iglesia”. Vienen a que esta gracia se renueve en ustedes, para ser la “Renovación renovada”, gracias a la presencia, siempre dinámica del Espíritu en la Iglesia.
Vienen a tomar conciencia y hacer realidad lo que son o deben ser. Las palabras solas no bastan; el mero nombre de “Renovación” no renueva. Es la experiencia de quien se abre y se deja guiar por el Espíritu Santo, el real protagonista que guía y renueva a la Iglesia.
Y alrededor de esta experiencia, de dejarse “tocar” por la acción vivificante del Espíritu, que enciende los corazones, se dan los otros temas fundamentales para una vida cristiana carismática: el encuentro personal con el Señor, la conversión, el fortalecimiento de la fe, la escucha imprescindible de la Palabra de Dios, la alabanza, la comunión eclesial y el compromiso evangelizador.
Acojamos la liturgia de la Palabra de este sábado, que nos da algunos elementos básicos para los temas que serán objeto de la predicación, la interiorización y la oración durante estos días.
En la primera lectura el profeta se lamenta por la deplorable situación de su pueblo, como dolorosa consecuencia del alejamiento de Dios.
Es uno de los momentos críticos del pueblo de Israel, casi de aniquilamiento. La toma de Jerusalén, la destrucción de sus símbolos de poder religioso y político (el templo de Salomón y el palacio Real) y el exilio de casi todo el pueblo, por parte de Nabucodonosor.
Se le reclama al pueblo el haber escuchado a los falsos profetas que “le ofrecían visiones falsas, engañosas y no le denunciaban las culpas”, profetas que no tuvieron mirada de verdad y no guiaron por el buen camino.
Y se le reclama al pueblo haber dado la espalda a Dios, desoído su Palabra, olvidado sus mandatos y recurrido a prácticas idolátricas.
Las consecuencias: “¡Es grande como el mar tu desgracia!”. Todas las estructuras sociales y personales están desmoronadas. El Rey, los príncipes, los ancianos, las doncellas, los niños, todo está sometido a la devastación y ruina permitida por la mano del Señor para la conversión de su pueblo.
“¿Quién te podrá curar?”. El profeta la tiene clara: “Levántate, grita con toda el alma… derrama como agua tu corazón en presencia del Señor, levanta hacia Él las manos”. El recurso a la oración, en este caso dramática: como un grito de lamento, una aclamación a Dios levantando las manos hacia Él. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”. Dios no deja de escuchar esta incansable oración, por muy dramáticas y dolorosas que sean las situaciones que les toque vivir: “Sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”, Él no abandona a su pueblo.
Pero, hay una condición básica: el reconocimiento de su infidelidad, de su idolatría; el inicio de un camino de conversión. Y la oración expresa el inicio de vida nueva al manifestar el deseo de volverse al Dios de la Alianza: un grito en la noche que pide levantarse y llevar el corazón a la presencia del Señor.
El Salmo nos indica la confianza en Dios y el reconocimiento de lo que Él es: “No nos rechaces para siempre. Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo… Piensa en tu Alianza… Que el humilde no se marche defraudado, que pobres y afligidos alaben tu nombre”.
Fíjense: ¿de dónde sale la oración? De situaciones límites de la humanidad, del pueblo de Dios, de las personas; de la situación de pecado, del sufrimiento, de la desolación…
¿Qué expresa la oración? La necesidad de Dios, la conversión sincera, una recuperada fe en Él, como el único que “nos puede curar”.
¿De dónde sale la alabanza? De la acción de Dios que no defrauda al humilde, al pobre y al afligido.
El relato del Evangelio enfatiza estos mismos aspectos: ¿De dónde surge la súplica del Centurión? De una necesidad: la enfermedad y el sufrimiento de su criado. Reconozcamos este gesto de gran humanidad: no todos se preocupan por los demás, y menos por un criado.
Esto motivó la confianza y la oración llena de fe: “Señor —lo reconoce Señor—, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. ¿A quién recurre? Al que puede curarlo (“Voy yo a curarlo”). “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”; Jesús, como su Padre Dios, nunca se desinteresa de los dolores de este mundo, es el amor que se ha abajado y se entrega para cargar nuestros pecados y dolencias. Esa es su misión entre los hombres… “¿A quién más vamos a ir?”, Él nos da la confianza de acercarnos a su Palabra.
La fe del Centurión es “pura”, limpia de prejuicios y de intereses; se basa no en conceptos teóricos, ni necesita de gestos externos, sino en la aceptación de Jesús como Dios y Señor.
La fe del Centurión es muy grande, como lo reconoce el mismo Jesús. “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Ese pagano nos enseña la confianza en la palabra de Dios. Confianza que está anclada en su propia experiencia: si sus órdenes tienen poder sobre sus soldados, ¡cuánto más poder tiene la Palabra de Jesús!
Pero, todavía hay más: Jesús cura a la suegra de Pedro. ¿Cuál es la reacción al ser curada de la fiebre? “Se levanta y se pone a servirles”. La acción sanadora de Jesús provoca gratitud y servicio. Este es el movimiento de la Vida nueva que trae Jesús —de verdad, es Renovación— Su Palabra nos pone en pie y nos libera de las esclavitudes para hacernos disponibles al amor, a la alegría y al servicio. La suegra de Pedro sirve a Jesús y a la Iglesia naciente.
Queridos hermanos, estos elementos que nos ofrece la Palabra de Dios nos sirvan de orientación para estos días.
La experiencia carismática, como experiencia viva de Pentecostés, conduce siempre a una renovación interior que transforma la vida de las personas. Es una experiencia profunda determinante para un verdadero cambio de vida. Por lo tanto, es fuente de conversión. La experiencia de Dios en mí, ¿cómo hace mi vida nueva?
La acción del Espíritu conduce siempre hacia la comunión eclesial. En la comunión eclesial se reconoce el “calibre” de la madurez carismática, porque la comunión es don del Espíritu, Él es el principio unificador de la Iglesia. El Espíritu nunca aísla ni divide, sino que edifica, unifica, armoniza.
Si el Espíritu enriquece a la Iglesia con dones y carismas, no lo hace para beneficio particular de nadie, sino para el bien común, para la edificación de todo el Cuerpo de Cristo.
En los grupos de oración —célula fundamental de la Renovación— es donde se debe manifestar la dimensión eclesial de la espiritualidad carismática. Cada grupo debe ser una verdadera comunidad eclesial. Jamás grupos autorreferenciales, cerrados en sí mismos.
La presencia del Espíritu y su acción conduce siempre a la evangelización; mejor dicho, es fuerza evangelizadora. Sin la fuerza del Espíritu no se pueden afrontar las exigentes tareas de la evangelización. Si Dios está en nuestros corazones y nuestras vidas, por su Espíritu, siempre nos impulsa a comunicar el Evangelio, con la fuerza y la creatividad que caracteriza al Espíritu. Se activa el testimonio evangelizador, que nace de la renovación interior. Por eso, la vida de cada uno, renovada en el Espíritu, se convierte en el primer medio evangelizador.
Así como los dones y carismas están al servicio de la comunión eclesial, también lo están al servicio del Evangelio. El Papa Francisco los llamó en una ocasión a valorar los carismas en favor de la evangelización y de la actividad misionera.
Y finalmente, hablemos de la oración de alabanza, que tiene que ver con la identidad carismática. Hay que insistirlo, no es cuestión de emociones pasajeras, ni de un mero entusiasmo externo. Es la expresión de un alma agradecida, de un pueblo salvado.
Ante la gracia de Dios: dar espacio a la acción de gracias, a la alabanza y al asombro. Una oración-adoración donde predomine el silencio, la centralidad de la palabra de Dios, donde Dios sea siempre el centro, porque se reconoce su soberanía, se afirma su primacía.
Y poder cantar con el Salmo: “Alabad al Señor que la música es buena, nuestro Dios merece una alabanza armoniosa” (Salmo 146).
Ante la gratuidad de la gracia divina, la oración de alabanza responde con gratuidad. ¡Alabar a Dios porque es Bueno! Tan importante este testimonio creyente de la gratuidad, en medio de una cultura del tener y de la eficacia, donde lo más grande de Dios y del ser humano se convierte en mercado y en un juego de intereses. ¡Alabar a Dios porque es Dios!
“Hagan de la alabanza un estilo de vida nuevo”, les decía el Papa Francisco.
En este encuentro, queridos hermanos y hermanas, el Espíritu Santo les posibilite el encuentro con Jesucristo Vivo; les permita crecer en la fe por la aceptación de la Palabra y del Señorío de Jesús.
La experiencia carismática de este Encuentro se continúe en itinerarios formativos que mantengan viva la gracia recibida, sostengan un proceso de madurez en la fe, en la vida de oración, en la vida de santidad, en la participación sacramental, en la práctica de la caridad y en la acción misionera.
Gracias por hacer memoria de Mons. Alfonso Uribe Jaramillo, y mantener vigente su legado que sigue iluminando el camino de la Renovación Carismática Católica.
La Santísima Virgen María, Mujer llena del Espíritu del Señor, inspire lo mejor de nuestra vida cristiana en el Espíritu.
+ Fidel León Cadavid Marín
Obispo de Sonsón-Rionegro
Homilía pronunciada en la Eucaristía de apertura del Encuentro Nacional de la Renovación Carismática Católica — ENCAR 2026.
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